No todos son lo que dicen ser.

Cuando los ciudadanos no son capaces de admitir las criticas del prójimos se convierten en extremistas que no admiten al diferente.
En estos días en los que el Jefe de la Iglesia católica visita España, han salido muchos extremistas que no admiten ni una sola crítica a tal visita. Llegando al punto de sacar de la iglesia católica a cualquiera que critique un solo punto de las jornadas que han traído al Papa a España.

Pero la realidad es que no por estar de acuerdo con la visita del Papa se es católico, ni por estar en contra se deja de serlo. Es tal así que muchos curas no están de acuerdo con esta visita, sea por la razón que sea, y no por ello dejan de ser católicos. Y por otra parte, organizaciones extremistas han montado sus casetas dentro de los actos de la JMJ y no por ello dejan de actuar fuera de la disciplina de la iglesia.

Entonces ¿a que vienen tales acusaciones?
¿Acaso a los críticos al gobierno español se les quita la condición de españoles? Pues no es comprensible que haya gente que quite o ponga la condición de católico por criticar a la Iglesia o sus actos. Para bien o para mal, tanto gobiernos como iglesia, en mayor o menor medida, progresan gracias a las criticas y discrepancias. Y cuando esas críticas y discrepancias son acalladas por posturas radicales solo se consigue un estancamiento que deja fuera de lugar a gobiernos y religiones.

Está claro que los intereses de los fundamentalistas católicos, que existen igual que en otras religiones, de los ultraconservadores, de la ultraderecha o simplemente de los grupos que se dedican a manipular y dividir a la sociedad por su propio interés, ni les interesa la religión ni nada por el estilo. Sino que solo buscan dividir, someter y crear sumisos a su doctrina para poder dominarles como en cualquier dictadura pasada o presente.
Y aprovechándose de las penurias y las necesidades del pueblo se dedican a engañar y mentir para poder sacar todo el partido de esa debilidad, impidiendo que aquellos que quieran pensar por si mismo tengan ningún protagonismo.
Tocan la fibra sensible de muchos ciudadanos, ya sea su fe o su patriotismo, poco mas les queda, para conseguir sus objetivos y separan a gusto enfrentando a hermanos con hermanos, vecinos con vecinos y amigos con amigos ¿a alguien le suena? Pues sí, nos han llevado a una guerra civil, sin armas quizá, pero una guerra, en la que unos deciden quienes son buenos y malos y otros, como borregos les siguen. En ningún caso se admite la critica, las discrepancias o las diferencias.
Los fundamentalistas, como en cualquier parte del mundo, exigen lealtad a su secta y no permiten ni un solo desliz. Necesitan seguir engordando su secta ultracatólica, que nada tiene de católica sino mas bien de esclavista, para poder seguir manipulando y engordando sus bolsillo y sus egos sin que nadie les ponga piedras en el camino. Por eso necesitan aplastar las pocas piedras que encuentran sin escrúpulos, aunque para ello tengan que enfrentar a amigos de toda la vida.
¿Tan ciegos estamos los occidentales que solo vemos los excesos ajenos pero no los que nos rodean?
¿Como somos capaces de condenar las aberraciones de los líderes lejanos pero admitimos las de los cercanos?
Está claro que el refrán tiene razón, vemos la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio. El orgullo occidental no deja ver mas allá de nuestras narices, y mientras criticamos a otros por sus excesos, los permitimos aquí.
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